Ciudades con las que soñaban tus abuelos
Mi abuelo materno pisó San Sebastián un solo día, justo al terminar la guerra, con el Ejército. **Nunca he estado en una ciudad más bonita que esa, nos decía**. La recordó toda su vida y nunca dejó de querer regresar. No lo consiguió. O no se lo conseguimos. Mi madre heredó esa nostalgia grabada de su padre y, muchos años después, cuando caminamos juntas por sus calles de lluvia y norte, por esa belleza tan perfecta de enclave recogido y agua cantábrica, a veces, nos acordamos de él. Lo que le hubiera gustado estar aquí, nos decimos. También juraba que iría a Nueva York antes de morirse, que eso tenía que verlo él, ya saben, la civilización, lo que sea que quiera decir eso hoy, los rascacielos y las avenidas para alguien nacido en un pueblo pequeño de Extremadura y emigrado a las periferias de Madrid. Pero tampoco se pudo.
Mi abuelo paterno nunca montó en avión. Mi abuela tampoco. No recuerdo que hayan tenido vacaciones, que ellos hayan hecho una maleta y hayan cerrado la puerta de su casa y se hayan marchado a cualquier parte elegida. Vacaciones, ese descanso “sobrevalorado” por quienes tienen, tenemos, el privilegio de poder darle o quitarle valor. Pero, una vez, cuando él era un crío, cogió una bicicleta y se fue del llano de Toledo hasta Valencia para conocer el mar. Proeza o leyenda, qué importa ahora. Pues este abuelo mío nos cantaba tangos en el salón de su casa. A capela, a veces, fumando. Y lo hacía muy bien. Y así supe yo, a través de la música, que, de todos los lugares de la Tierra, al que había que volver, **con la frente marchita o como fuera, era a Buenos Aires**.
Me acuerdo de él, de ellos, mientras caminamos por Corrientes abajo, cruzamos la enormidad de la avenida 9 de julio y llegamos hasta la Plaza de Mayo. Detrás, la Casa Rosada, con su energúmeno habitante hoy. Mi primera vez en la ciudad. Viajeros de este siglo veintiuno. **Nómadas del placer de transgredir las distancias**. El mundo en nuestra mano. Y, paso a paso, barrio a barrio, la ciudad evocada, querida, deseada y mil veces cantada, se desdibuja, se pierde en mi memoria para rellenar ese mapa imaginario con la ciudad real. Así tiene que ser. Y se acaba, día tras día, y me despido del Buenos Aires al que le parpadean las luces a lo lejos, el de las películas que vimos, el de la historia que me atraviesa y me tensiona, el Buenos Aires aún vacío de los que desaparecieron de sus calles, el de los escritores y escritoras que narraron la gran ciudad del sur, tantos _relatos salvajes_ , luces y sombras.
Una vida: tocar solo tus confines o atravesar las fronteras. Un sello más en el pasaporte como nuevo capital personal. **¿Nos ha hecho mejores personas atravesar los océanos?** Por supuesto que no. Puedes sobrevolar todos los suburbios sin llegar a saber nunca cómo se pagan aquí los recibos, si esa familia entera va a dormir en la esquina toda la noche, cuántos trabajos se necesitan en una ciudad como esta para sobrevivir. Tanto han cambiado las posibilidades en dos generaciones y la misma sensación de lejanía.
Debe ser el aire del Río de la Plata, de este invierno en mitad de mi verano, la intensidad de las conversaciones mantenidas o quizá que hoy cumplo cuarenta y cuatro años lejos de mi casa y me parece bien, cómo ha pasado todo este tiempo, porque solo deseo conservar una parte pequeña e intacta de aquel mundo que distinguía entre lo bueno y lo malo de forma más radical, **las ciudades imaginadas por ellos, porque ahora quién sabe desde dónde te apuntan** , salvar una parte de aquella memoria positiva, íntima, nuestra, todos los lugares donde quisieron ir los tuyos y no lo consiguieron, aquellas calles que ellos pensaron para ti y que tú pisas ahora. Cuántas cosas daría por haberlos traído conmigo a tiempo y decirles, sentados en un café de Palermo, frente a frente, que aquí yo podría vivir.