Guerín. Ya con ese apellido, los que saben de qué va la vaina no necesitan más explicaciones. Cine experimental, del que habla con imágenes y sonidos, con las palabras justas, muchas veces tan ocasionales como el ruido del tren que pasa. La historia la cuentan los rostros, los sonidos repetidos, los figurantes que toman la pantalla por asalto. Y las calles de Estrasburgo, en un laberinto que remeda los pensamientos del protagonista. Ecos del Hitchcock de Vértigo por las esquinas y la mayor concentración de chicas hermosas por metro de celuloide que recuerdo. Hay una historia aquí, pero la tenemos que escribir nosotros: no es casual ese largo plano inicial del prota pensando qué va a escribir o dibujar. Roza la excelencia, pero/porque en el pecado lleva la penitencia: por interesante que sea, que lo es y mucho, hay momentos en los que el tedio es inevitable. Y qué mas da, si se queda uno con el regusto de haber visto algo único.
Eso sí: esto es cine-arte, para los que buscan la magia de la pantalla hasta en una hoja que cae. No digáis que no avisé.
Con ese regusto a cine de intriga clásico, con protagonista invidente que se ve envuelto en una trama detectivesca y ambientada, nada casual esto, en el mismo Londres que décadas antes recorrería Sherlock Holmes en sus pesquisas. Cine de diálogos fluidos y bien escritos, con una factura estupenda y entretenimiento garantizado. Hathaway no es Hitchcock, pero también sabía lo que se hacía. Una peli llena de encanto a la que le perdonamos sus pequeñas inconsistencias.
Agradable sorpresa elevada (dicen) a película de culto, que se esconde tras un título español ridículo y cogido por los pelos. Eslabón perdido entre las novelas de Dashiell Hammett y "Only Murders in the Building", "The Late Show" se apoya en dos pilares que la elevan muy por encima de la media. Ante todo, un guión excelente (que por cierto los subtítulos se encargan de destrozar, y ya sé que Filmin no tiene la culpa) que fue nominado al Oscar, que dota a los personajes de una humanidad poco habitual en estas historias detectivescas. Personajes que, y este es el segundo punto, encarnan unos actores en estado de gracia: Art Carney y Lily Tomlin están sublimes, y recibieron merecidas nominaciones y premios. El equilibrio entre humor y violencia, tan complicado de conseguir, es fundamental para que la cosa funcione. Por descubrir.
Tanto que decir y tan poquito que ver. Con guión del inefable Everett De Roche, y ya con esto debería bastar, alguien decide que Elliot aún tiene edad para ir en bici en busca de una criatura extraña y produce en Australia una peli que, vista a fragmentos, da el pego y pasa por cine familiar del de antes, pero que en su conjunto se estrella por falta de chicha. Ni aventuras, ni suspense, ni na de na. Y por un sencillo motivo: la premisa y la explicación son tan, tan pobres, y encima lo disimulan tan mal, que entramos en los terrenos de la tomadura de pelo: hasta los que habíamos comprado el juego (me incluyo) acabamos con cara de tonto.
De ella sólo puedo rescatar dos cosas: la relación entre el chico y su tutor legal (lo único que tiene un mínimo de autenticidad aquí), y la banda sonora de Brian May, que curiosamente colaboró en varios films con guión de De Roche.
De la experimentación sublime a la tomadura de pelo. Por riguroso orden de preferencia, con los puestos 2-3 ex-aequo:
En la ciudad de Sylvia
A 23 pasos de Baker Street
El gato conoce al asesino
El secreto del lago
Todas en #Filmin, extensas reseñas en ALT.